Reflexiones: Demagogia en tiempos electorales


José Réyez

Resulta abrumadora para la población la cantidad de mensajes con la que los distintos partidos políticos pretenden convencer al electorado para que vote a su favor (41 millones de mensajes tan solo en radio y televisión).

En su frenética competencia demagógica, las distintas organizaciones ahogan a la población con propaganda electoral plagada de promesas imposibles de cumplir a través de los medios de comunicación, las redes sociales, el transporte público, espectaculares, etc.

Y es que bastan unos cuantos ejemplos para demostrar que se trata de demagogia en tiempos electorales y nada más, sobre todo porque los candidatos no explican cómo van a lograr cumplir con lo que de manera absurda pregonan a tontas y a locas.

Veamos:

La mayoría de las organizaciones partidistas proponen como objetivos fundamentales de sus plataformas electorales sueldos justos para los trabajadores; combate a  la corrupción; acabar con la inseguridad y el crimen organizado; abatir la pobreza, entre otros.

Acaso es posible que desde el gobierno –cualquiera que sea el partido que lo encabece-, por decreto se puedan mejorar las condiciones salariales de los trabajadores, sin que se dispare la inflación en virtud de que, como queda claro a cualquiera que no sea docto en economía, el salario depende de la relación entre la producción y la ganancia. Y sobre todo porque la plusvalía que obtienen los dueños de los medios de producción y de cambio proviene del trabajo no pagado a los trabajadores.

De igual manera, en el combate a la corrupción los candidatos y sus partidos no solo mienten deliberadamente, pues es sabido que desde tiempos remotos este flagelo social es consustancial a las sociedades clasistas, sino que una vez que llegan al poder los primeros en incurrir en actos de corrupción de manera subrepticia o descarada, son precisamente quienes prometieron acabar con ella.

El colmo de males es que el Poder Legislativo aprobó una ley en la materia cuyos resultados –pregonan-, se verán hasta después del 2018, además de que los legisladores dejaron fuera del escrutinio la figura presidencial, a pesar de que la historia de México registra cómo se han enriquecido desde esa posición los presidentes de la República.

La lucha por el poder en México no es para resolver los problemas que aquejan a las mayorías empobrecidas de la población a las que convocan a sufragar por ellos, sino para que un pequeño grupo de políticos se enriquezca sin medida, se haga de los recursos de la nación en asociación con particulares y prestanombres al amparo de la democracia que los llevó al poder.

Acabar con violencia también es una flagrante mentira que se lanza sin ton ni son a los oídos de los electores, pues cada vez es más evidente que la delincuencia organizada ha demostrado que se encuentra en todas partes.

Y del combate a la pobreza ni hablar.

La cantaleta invariable de todos los candidatos es “luchar por los que menos tienen”; “por los más desprotegidos”, cuando la realidad es que cada sexenio el número de pobres crece exponencialmente.

La multiplicación de los partidos políticos no garantiza en modo alguno que el sistema político mexicano modifique su esencia de resguardar los intereses económicos del grupo hegemónico en el poder: los empresarios, los latifundistas, el sector financiero y sus socios los inversionistas extranjeros en diversas ramas de la producción.

Por el contrario, a este grupo selecto se suman hoy como ayer nuevas generaciones de políticos de toda laya en una lucha sin cuartel por ver quién se enriquece más a costa de la mayoría de la población.

También cae por tierra la falacia de que la alternancia en el poder puede modificar sustancialmente el estado de cosas que impera en el país. Los resultados de la alternancia demuestran cómo se enriquecen sin medida lo mismo los gobernantes del PRI del PAN y del PRD.

De tal manera que resulta oprobioso para la mayoría de la población, para quienes viven de su esfuerzo cotidiano para cubrir sus elementales necesidades, que las distintas organizaciones políticas viertan sobre ella un cúmulo de promesas que saben que no podrán cumplir, así como un monumental engaño vociferar que mediante el voto ciudadano es posible construir el paraíso terrenal.

Y demuestran de manera contundente que el sistema político de nuestro país no resuelve no puede ni quiere resolver los problemas de la mayoría de la población.

Por el contrario, lejos de acabar o atenuar dichos problemas, por su propia naturaleza rapaz, egoísta y partidaria del privilegio, tiende a agudizarlos y a convertirlos en irresolubles dentro de sus propios límites.

Por tanto, es necesario buscar nuevas salidas, ensayar nuevas soluciones, crear nuevas teorías que den respuesta al gran reto de hacer que el progreso social y sus frutos se repartan equitativamente entre todos, que hagan posible acabar con el hambre, la ignorancia, la desigualdad social y la discriminación que ahora nos ahogan.

En ese sentido, la derrota del socialismo a escala global no puede considerarse como definitiva.

Tarde o temprano esta forma organización social volverá a ocupar el lugar central en la lucha entre los poderosos y los desposeídos. Esfuerzos en ese sentido se llevan a cabo en varios países, sin contar que otras naciones buscan denonadamente la justicia social.

reyes...  atosigan a televidentes...