Pintarrajear la historia


Carlos Martínez García/La Jornada

La grafiteada a la columna del Ángel de la Independencia mueve a reflexionar sobre la relación de la ciudadanía con la historia del país. No es un asunto menor ni debe considerarse como un distractor el convocar a que sopesemos el peso histórico y cultural de sitios que conllevan hitos identitarios en la construcción nacional.

Es un sinsentido, una provocación, en la más negativa connotación del término, que unos cuantos hayan creído que con pintarrajear la base y algunos componentes de la columna que en su cúspide tiene al emblemático Ángel de la Independencia, le estaban haciendo algún favor a la lid porque se esclarezca plenamente la barbarie cometida contra los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Las pintas las perpetraron aprovechando el paso de los contingentes que se manifestaron en solidaridad con los padres y familiares de los estudiantes desaparecidos. Los autores de los brochazos sacaron ventaja de la multitud que caminaba con el rostro descubierto, en tanto ellos estaban embozados y usando como parapeto a quienes no se enmascararon.

El Paseo de la Reforma está lleno de marcas históricas, las cuales dan cuenta de luchas nacionales que nos han dejado una herencia libertaria. Para que podamos aquilatar la densidad histórica de la vía por donde transitan tantas de las marchas que tienen lugar en la ciudad de México, son útiles y aleccionadoras dos obras al respecto: de Carlos Monsiváis, Las herencias ocultas de la Reforma liberal del siglo XIX, editorial Debate, 2006; y de Carlos Martínez Assad, La patria en el Paseo de la Reforma, UNAM-FCE, 2005.

Las batallas culturales de Benito Juárez, Juan Bautista Morales, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano y Vicente Riva Palacio son recreadas magistralmente por Monsiváis, y al hacerlo nos deja en claro que esa generación deslumbrante tuvo entereza para dar una lid que transformó a la nación mexicana. Todos ellos fueron brillantes escritores y políticos, intelectuales públicos que redoblaron sus esfuerzos para debatir en todos los campos con los representantes del conservadurismo que anhelaba mantener a México en la época de la Colonia. Lo mismo eran lectores voraces que enjundiosos y prolíficos escritores, pero también decididos militantes de las fuerzas liberales, representantes populares y funcionarios públicos ejemplares. Al evocarlos, y recordarnos su vigencia, Carlos Monsiváis recupera momentos de nuestra historia que son memoria viva, a la cual hoy tenemos acceso gracias al rescate editorial que distintos investigadores han hecho de las obras completas de Prieto, Ramírez, Altamirano y Francisco Zarco, entre otros.

Esta obra de Carlos Monsiváis es, a la vez, tanto una exposición vital del pensamiento y la gesta de los liberales sobre los que hace crónicas históricas, como una descripción minuciosa de los alcances del conservadurismo que afanosamente buscaba la perpetuación del oscurantismo en la nación mexicana. Me parece que por este motivo, además de elaborar un perfil intelectual de cada personaje analizado, Monsiváis consideró en la nueva edición (la anterior data de 2000) agregar un nuevo capítulo (El Estado y la Iglesia), en el cual rememora la enconada oposición eclesiástica a la Constitución de 1857 y, pero por supuesto, a las Leyes de Reforma juaristas.

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En cuanto a la obra de Martínez Assad, en lugar de consignar mi opinión prefiero citar la de Ángeles González Gamio, erudita en la historia de las calles y edificaciones de la ciudad de México, y articulista de La Jornada, para quien el volumen está fundamentado en una minuciosa investigación histórica, que se inicia en el nacimiento de la Independencia y culmina en nuestros días. Con buena pluma, el autor va entrelazando anécdotas y datos con innumerables imágenes antiguas y presentes, que hacen la lectura amena y sabrosa. Como un rico pilón, nos proporciona las biografías de los héroes independentistas, que alberga la columna de la Independencia, popularmente conocida como El Ángel, y las de los próceres de los estados de la República, cuyos bustos adornan la avenida. En conclusión, todo lo que quiere saber del Paseo de la Reforma se encuentra en este excelente libro ( La Jornada, 4/12/05).

Grafitear con frases radicaloides los monumentos de Paseo de la Reforma, al igual que edificios históricos situados en esa arteria y otras avenidas y calles de la ciudad, nada le suma a movilizaciones como las efectuadas en favor de los normalistas de Ayotzinapa. Al contrario, es más lo que le resta, y hasta perjudica, porque un sector importante de los ciudadanos y ciudadanas identifica a los pintarrajeadores con quienes conforman los contingentes solidarios y pacíficos que demandan la verdad de lo sucedido el 26 de septiembre en Iguala, Guerrero.

Tal vez la lógica de los grafiteadores de sitios históricos les lleve a concluir que al atentar contra éstos también lo hacen contra el gobierno. Están equivocados, porque dichos sitios no son propiedades gubernamentales, son del pueblo mexicano. Con sus pintas le están haciendo la tarea al conservadurismo, siempre anhelante del orden colonial resquebrajado por el movimiento de Reforma, cuyo legado es una herencia que muchos buscan hacer invisible.

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