Inmarcesible: ¿Cómo y cuándo terminará el difícil momento que vive México?


La historia es una novela escrita por el pueblo.

Alfred Victor De Vigny

 

 Ni el más imaginativo novelista podría concebir el final de estos días negros  

Utópicamente, agradaría ver cómo se desmorona quien o quienes dañan al país.

Impunidad, corrupción y frivolidad en el gobierno han creado hartazgo del pueblo

 Octaviano Lozano Tinoco/Reportajes Metropolitanos*

En el momento de la mayor oscuridad y todas las emboscadas para México, es difícil vislumbrar cómo terminará esta zaga de impunidad, violencia, crisis económica, criminalidad, antidemocracia, corrupción, movilizaciones, periodicazos, redes sociales y pobreza.

Uno quisiera poder escribir el final de toda la crisis en una historia donde la democracia diera cauce al malestar social y el fortalecimiento del estado de derecho, donde la ley se cumpla de mera vertical y horizontal, de igual a igual para todos los ciudadanos, y no como sucede ahora, donde  quien tiene más dinero goza plenamente de la ley.

Sin embargo ni el mejor novelista podría escribir en este momento, de qué manera México podría destejer el enredo de la madeja de situaciones que día con día se suman más a los hilos de confusión, donde la ruptura social un grave riesgo, para el país.

Me gustaría que terminará todo como la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, como lo siguiente:

 

“Y de nada había servido… La Cuca, que ahora estaba allá aguantando el relente, con los ojos cerrados, ya sin poder ver amanecer; ni este sol ni ningún otro.

-¡Ayúdenme! -dijo-. Denme algo.

Pero ni siquiera él se oyó. Los gritos de aquella mujer lo dejaban sordo.

 

Por el camino de Comala se movieron unos puntitos negros. De pronto los puntitos se convirtieron en hombres y luego estuvieron aquí, cerca de él. Damiana Cisneros dejó de gritar. Deshizo su cruz. Ahora se había caído y abría la boca como si bostezara.

Los hombres que habían venido la levantaron del suelo y la llevaron al interior de la casa.

-¿No le ha pasado nada a usted, patrón? -preguntaron.

Apareció la cara de Pedro Páramo, que sólo movió la cabeza.

Desarmaron a Abundio, que aún tenía el cuchillo lleno de sangre en la mano:

-Vente con nosotros -le dijeron-. En un buen lío te has metido.

Y él los siguió.

Antes de entrar en el pueblo les pidió permiso. Se hizo a un lado y allí vomitó una cosa amarilla como de bilis. Chorros y chorros, como si hubiera sorbido diez litros de agua.

Entonces le comenzó a arder la cabeza y sintió la lengua trabada:

-Estoy borracho -dijo.

Regresó a donde estaban esperándolo. Se apoyó en los hombros de ellos, que lo llevaron a rastras, abriendo un surco en la tierra con la punta de los pies.

Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo. Sintió que su mano izquierda, al querer levantarse, caía muerta sobre sus rodillas; pero no hizo caso de eso. Estaba acostumbrado a ver morir cada día alguno de sus pedazos. Vio cómo se sacudía el paraíso dejando caer sus hojas: «Todos escogen el mismo camino. Todos se van». Después volvió al lugar donde había dejado sus pensamientos.

«Susana -dijo. Luego cerró los ojos-. Yo te pedí que regresaras…

»… Había una luna grande en medio del mundo. Se me perdían los ojos mirándote. Los rayos de la luna filtrándose sobre tu cara. No me cansaba de ver esa aparición que eras tú. Suave, restregada de luna; tu boca abullonada, humedecida, irisada de estrellas; tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan.» quiso levantar su mano para aclarar la imagen; pero sus piernas la retuvieron como si fuera de piedra. Quiso levantar la otra mano y fue cayendo despacio, de lado, hasta quedar apoyada en el suelo como una muleta deteniendo su hombro deshuesado.

«Ésta es mi muerte», dijo.

El sol se fue volteando sobre las cosas y les devolvió su forma. La tierra en ruinas estaba frente a él, vacía. El calor caldeaba su cuerpo. Sus ojos apenas se movían; saltaban de un recuerdo a otro, desdibujando el presente. De pronto su corazón se detenía y parecía como si también se detuviera el tiempo y el aire de la vida.

 

«Con tal de que no sea una nueva noche», pensaba él. Porque tenía miedo de las noches que le llenaban de fantasmas la oscuridad. De encerrarse con sus fantasmas. De eso tenía miedo.

«Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré manos para taparme los ojos y no verlo.

Tendré que oírlo, hasta que su voz se apague con el día, hasta que se le muera su voz.»

Sintió que unas manos le tocaban los hombros y enderezó el cuerpo, endureciéndolo.

-Soy yo, don Pedro -dijo Damiana-. ¿No quiere que le traiga su almuerzo?

Pedro Páramo respondió:

-Voy para allá. Ya voy.

Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.

Pero la novela no es la realidad y hasta ahora no sabemos cómo el pueblo de México resolverá estos días trágicos y amargos del Pedro Páramo que nos subyuga.

inamarcesible JUSTICIA, CLAMOR