El triunfo del abstencionismo


José Réyez

No cabe duda de que la izquierda electoral mexicana ha logrado los objetivos que se propuso hace 25 años: desde el reconocimiento oficial a través del registro de sus partidos más representativos; la obtención de cuotas de poder por la vía de los diputados y senadores, presidentes municipales y gobernadores, así como apoyo financiero para sus campañas políticas y presencia política nacional mediante el derecho de transmisión de propaganda en la radio y la televisión en los espacios oficiales, hasta de punto de casi llegar a la presidencia de la república en tres ocasiones.

A lo largo de esos 25 años la izquierda electorera mexicana ha proclamado e insistido machaconamente que solo mediante el voto popular se puede llegar al poder para, desde ahí, modificar las estructuras económicas y políticas que han prevalecido a lo largo de décadas de control político de los partidos PRI y PAN.

Nada más alejado de la realidad, pues ahora los partidos de oposición (PRD, PT, Convergencia, etc.) se han dado de topes con la realidad al confirmar no sólo que el sistema político mexicano no ha respetado el voto popular por el que tanto se desgarraron las vestiduras, y que le impidió el PRD llegar a la presidencia de la república en tres ocasiones (una con Cuauhtémoc Cárdenas  en 1988 y dos con López Obrador, en 2006 y 2012) en el que se registraron escandalosos fraudes que los dejaron fuera de esa posición.

En la actual contienda electoral el panorama no parece ser muy alentador para los partidos de izquierda, entre los que por supuesto no está incluido el PAN en razón obvia de su clara posición reaccionaria y representativa de los grupos de poder económico, ya que la experiencia en el ejercicio de la función pública ha evidenciado a la izquierda electoral como un conjunto de grupos de interés que en nada se diferencian de sus contrincantes respecto al ejercicio del poder: corrupción, asesinatos, vínculos con el crimen organizado.

Por estas razones es que la realidad se mueve cada vez más lejos de las cuentas alegres de los partidos y candidatos de izquierda. Hay elementos suficientes y seguros que indican que el electorado nacional dista mucho de haberse volcado a favor de alguno de ellos, y más bien, sigue observando con atención, sorpresa y desconfianza como no hay de donde escoger, por lo que parece que el abstencionismo será el verdadero triunfador en las elecciones del 7 de junio.

Y es que habría que preguntarnos si, a la luz de la experiencia en el ejercicio del poder de los gobiernos emanados de la izquierda (incluso con la experiencia efímera del PAN), el camino para resolver los graves problemas nacionales de pobreza, alimentación, salud, educación esparcimiento, el sufragio seguirá siendo el camino correcto para salir de la crisis estructural en que se encuentran sumidas las instituciones de la república.

Acaso a estas alturas de la historia de México lo único que necesitamos es un presidente, diputados, senadores y presidentes municipales honrados y valientes que estén dispuesto a combatir la antidemocracia, el fraude electoral, la corrupción y la explotación económica de los trabajadores. La respuesta es ¡no!

Se trata de una mentira de talla internacional, pues como ha quedado demostrado en otras latitudes, ahí donde han gobernado partidos de izquierda (Francia, España, Alemania) el resultado ha sido un fracaso rotundo y una burla para el pueblo. Los socialistas llegados al poder en esos países rápidamente se han pasado al bando de los enemigos del pueblo, de los ricos y poderosos, que los compran con amenazas, halagos y obsequios multimillonarios, convirtiéndolos, así, en sus aliados y servidores.

De tal suerte que la promesa de la izquierda de acabar con todos los males que aquejan a las mayorías empobrecidas desde arriba es una mentira tan grande como la que le cuentan los voceros del PRI y del sistema, y que sólo tiene como fin conseguir su voto para que una nueva camarilla se encumbre en el poder y se haga rica a costa del erario público.

Considero que debemos entender, a fondo, que no se trata aquí de un problema de honestidad del candidato. Un sólo hombre en la presidencia, no puede cambiar las cosas aunque quiera, sencillamente porque no es posible, porque para ello se requiere una fuerza tal que sólo la da el pueblo organizado y dispuesto a todo, y no un partido de izquierda organizado para votar.

El pueblo, pues, ante la propaganda electoral que en estos momentos le está cayendo encima como un diluvio, no debe confundirse. La solución a sus graves problemas no radica e llevar al poder a diputados, senadores; presidente de la república y presidentes municipales y su caterva de mesías e iluminados, sino en la organización independiente para cambiarlo todo de raíz, como lo han dejado claro la literatura científica de la sociedad.

Desde luego que el sistema político mexicano aun sobrevivirá algunos sexenios bajo el signo de la democracia representativa a pesar del desgaste constante en que se encuentra y de la pérdida de credibilidad entre la población. De la misma forma, la izquierda electoral continuará en la misma línea y a contracorriente para arrebatarle algunas migajas de poder al PRI.

Mientras tanto, debemos insistir en que el camino de la población mayoritaria no es otro que la organización independiente y la permanente búsqueda de alternativas para la construcción de una sociedad menos desigual en donde la riqueza social se distribuya de una forma más equitativa. Con el PRI, el PAN, el PRD y el resto de los partidos de izquierda, este horizonte se ve cada día más lejano.

reyez  contando y recontando votos