El diluvio: Meaade, hace un mes; Meade, hoy


José Antonio Meade
José Antonio Meade

Rafael Cardona

Hace casi un mes exacto estuve en el Palacio Nacional en un desayuno con el entonces secretario de Hacienda, José Antonio Meade Kuribreña. Obviamente su nombre ya se barajaba entre los posibles para la selección priista por la candidatura presidencial, como ayer quedó desvelado.

Tras el desayuno, durante el cual todo fue afabilidad y profesionalismo en sus arduas explicaciones del comportamiento económico, la política fiscal, la deuda y demás temas complejos, Meade esquivó con gracia de revolera todas las preguntas entonces incómodas en torno del futuro político.

En esa ocasión, el 25 de octubre pasado, escribí mis impresiones sobre la actitud del ahora elegido pre candidato. No se trata de un retrato hablado ni mucho menos de una semblanza. Es apenas un apunte al vuelo de la forma como entonces se comportaba, quien ya conocía (quizá) sus posibilidades y de ellas tenía una íntima certeza.

Hoy, tras el recorrido por los sectores del PRI y las muchas entrevistas de prensa ya realizadas, muchos de estos rasgos se han manifestado como permanentes.

Juzgue usted.

“…Pocos lugares hay de tanta solemnidad y belleza en los edificios públicos de la ciudad de México como el Salón Panamericano de la Secretaría de Hacienda.

“Sus eclécticos capiteles con águilas de oro de hoja entre los legendarios acantos, sus banderas en ramillete, sus bustos de próceres continentales; en fin, su severidad y clasicismo, son únicos, aun en el hermoso entorno del Palacio Nacional.

“Ahí hubo ayer un desayuno de trabajo entre el equipo editorial de este diario y el secretario José Antonio Meade.

— ¿Cómo lo viste?, me preguntó un amigo.

“Le respondí esto, más o menos.

“Lo vi enterado y certero. Afable sin estiramiento, cortés sin exceso, con camisa y sin saco. Reposado y enterado. En su cabeza los archivos saltan y se acomodan sin un solo titubeo; memoria, capacidad de asociación, habilidad para la interpretación.

“Su actitud genera empatía, confianza. Se le creen sus explicaciones.

“Meade parece estar con los pies en el suelo y la mente ocupada. Es hombre de muchas disciplinas. Cuando habla de Energía lo hace con plena información.

“Lo mismo si habla de Desarrollo Social. Refuerza sus diagnósticos con explicaciones sobre el mundo, la globalización y el entorno internacional. Aborda cuestiones complejas con lenguaje sencillo.

“No quiere impresionar y al parecer no quiere imponer. Prefiere abundar en ejemplos, datos, cifras, datos precisos. Quiere convencer sin arrollar.

“Y cuando es el momento, sonríe sin solemnidad. Sabe reír, sabe escuchar.

“Y cuando le preguntan sobre el futuro electoral, escucha y después sonríe.

— ¿Y tú crees…? me dice mi amigo el preguntón.

—Mi parecer no tiene importancia.

“Pero eso vi ayer, a un hombre así.”

Hoy las cosas han cambiado.

Hace poco,  en el Salón Adolfo López Mateos, cuando renunció a Hacienda,  Meade tenía un  gesto en cuya sonrisa competían la satisfacción y el nerviosismo. Estaba recto como una estatua de cera cuando Enrique Peña Nieto, su ex jefe ahora, alababa sus talentos y recordaba sus exitosos desempeños en la brillante carrera realizada hasta ahora, en una edad mediana, llena de brillo éxito y siembra.

Quizá el elogio le incomodaba, pero en el fondo le agradaba.

Hoy recuerdo una charla de tendido en la plaza de toros.

–¿Qué te parece Meade?, me dijo un amigo metido hasta los huesos en la fiesta. Le contesté con un símil del coso.

–Mira, me parece bien, pero nunca le he visto una faena completa. Ha tenido cuatro secretarías de Estado, pero en ninguna de ellas hizo una faena entera. O llegó de relevo a fue relevado. Creo que tiene facultades, sitio, oficio, afición, inteligencia. Sabe, pero nunca lo hemos visto torear completo.

–“Y tú sabes, le dije a aquel, lo bien “toreao” es lo bien “arrematao.”

“Hoy las cosas pueden ser de otra manera. Si Meade logra una buena campaña (para su organización  es necesario un excelente operador, no cualquiera de coordinador)  y logra persuadir a los tendidos electorales –llenos de reventadores–, de otorgarle el voto y los pañuelos previos, podrá lograr la encerrona.

Y entonces tendrá la oportunidad: despachar una corrida sexenal entera, toda para él solo. 6 años6. Citar, templar y mandar.

Miguel A. Osorio Chong
Miguel A. Osorio Chong

LA MARCHA DE LA LEALTAD

Uno de los episodios más tristes y al mismo tiempo ejemplares de la historia de la revolución mexicana (si por ella entendemos el periodo comprendido entre el triunfo maderista y la promulgación del texto constitucional de 1917); es la “Marcha de la lealtad”, llamada así porque los cadetes del Colegio Militar (tan ejemplares desde la también infructuosa defensa de Chapultepec durante la intervención americana), decidieron proteger al presidente Madero ante los amagos de golpismo cuya culminación ocurrió, sin embargo, poco tiempo después.

Desde entonces el concepto de lealtad es la divisa de las Fuerzas Armadas de este país. Y vaya si lo han cumplido a pesar de la forma tan desconsiderada como algunos han tratado al Ejército, en especial cuando se utiliza para mirar sus actividades el anteojo distorsionado de los activistas y profesionales de los Derechos Humanos, reales o falsamente invocados para lesionar a una institución cumplida y disciplinada, pero sobre todo leal.

Hoy, cuando se debate en México la ley de Seguridad Nacional, se pueden leer en los diarios los excesos de militares en otras latitudes, como por ejemplo en Argentina. Pero eso será materia de otros textos, no de este.

Este tiene relación con el concepto de lealtad y su olvido en el mundo de la policía.

La lealtad sería, en un sentido amplio, el único antídoto contra la traición. La deslealtad siempre ha tenido precio: de treinta monedas para arriba. Y desde la abolición de las ideologías, se vino encima también la desaparición de los compromisos. Si no hay ideas a las cuales guardarles respeto,

Tampoco se deben cumplir los compromisos derivados de todo esto. Y hoy, en este batiburrillo de la política nacional, con alianzas antinaturales, compromisos inconfesables ( y por eso duraderos y endurecidos) la deslealtad es una muestra de orgullo.

Dígame usted si no. Lea esto:

“El presidente del Senado, el panista Ernesto Cordero, dejó entrever que la definición de su voto para la elección presidencial podría ser a favor del que, seguramente, será candidato del PRI, José Antonio Meade, pero también dijo que hay que esperar las propuestas de otros aspirantes.

“En entrevista, el ex secretario de Hacienda en la administración anterior hizo notar que el hecho de estar afiliado a Acción Nacional no lo obliga a votar por su partido, “menos por una barbaridad como la que propone el Frente Ciudadano por México”.

Jesús Reyes Heroles
Jesús Reyes Heroles

“Eso es demagogia pura, es algo indignante y absurdo que acaba con la posibilidad de que el PAN regrese a Los Pinos, pues todo lo que toca Ricardo Anaya se incendia, por eso le dicen el cerillo”, añadió el parlamentario.

“Sobre el destape de quien hasta hace unas horas era el responsable de las finanzas públicas, Cordero dijo que el PRI recurrió de nueva cuenta a sus usos y costumbres, pero reconoció que Meade Kuribreña, sería un candidato muy competitivo y así lo acredita su trayectoria política.

“Expresó también que el hombre del día cuenta con simpatías por todos lados, es honorable, honrado y sincero, y no solamente en la cancha priista, pero repitió que hay que esperar a los tiempos definitivos”.

Todo lo anterior es una deslealtad. Si uno forma parte de un partido político y hay algo grave para generar un desacuerdo, se pleitea con el autor del desaguisado, no con toda la institución.

Esto me recuerda una anécdota de Jesús Reyes Heroles quien se halló de pronto con que el Presidente Echeverría, sin consultarlo a él como jefe del PRI, había ordenado el destape y la cargada correspondiente de Manuel Carbonell de la Hoz como candidato al gobierno veracruzano. El tuxpeño estalló en cólera y motivó una entrevista de banqueta:

–¿Que opina usted, Don Jesús del “destape” de Carbonell de la Hoz?

–Pues yo,  como veracruzano,  no votaré por él.

La maquinaria de las adhesiones se detuvo y desde los pinos se ordenó la marcha atrás. Las ruedas de la locomotora chirriaron, los frenos de emergencia se quemaron y la máquina se detuvo.

Carbonell de la Hoz no fue candidato.

Pero no son iguales  Reyes Heroles y Ernesto Cordero.

Cuando los senadores del PAN formaron un grupo rebelde, coincidente con la deserción de Margarita Zavala de Calderón; ofrecieron su permanencia a una idea: dar la batalla interna en contra de Ricardo Anaya, presiente legal y legítimo (para la mayoría) de su partido.

Pero renegar del compromiso y mirar con buenos ojos a un pre candidato de otro partido, tradicionalmente adversario del propio, no es una estrategia admisible. Es una deslealtad y pronto será una traición.

Pero esos son viejos valores. Hoy el acomodo personal permite la marcha de la deslealtad.

Y por cierto, cuando se supo de la precandidatiura de José Antonio Meade, Miguel Ángel Osorio Chong hizo una declaración importante:

“…soy hombre de lealtades…” Y tras la reunión con Meade, el tuiter: “Buena plática con @ JoseAMeadeK. México el tema principal. La unidad es y seguirá siendo la fortaleza del @PRI_Nacional.

Hay diferencias.

Ernesto Cordero
Ernesto Cordero