Deficiencias en el uso del idioma


Octavio Rodríguez Araujo/La Jornada

Pudimos leer en La Jornada del martes pasado una alarmante nota: Los jóvenes mexicanos que ingresan a la universidad carecen de un dominio del español, lo que genera que no sean capaces de comprender lo que leen, no pueden desarrollar un texto con coherencia ni cuentan con elementos de abstracción que les permitan tener éxito en la escuela. Y más adelante se añadió: sólo 9 por ciento tienen un dominio adecuado de la ortografía y la acentuación, 43.2 por ciento carece de estrategias para dar forma a un texto.

Hace muchos años se hizo un estudio sobre el nivel de comprensión de textos en estudiantes de bachillerato. No recuerdo bien, pero creo que lo dirigió Raúl Cremoux. En ese estudio, si mi precaria memoria no me traiciona, el periódico más leído en los medios universitarios era Excélsior y con el vocabulario de un estudiante promedio de bachillerato no era fácil comprender una nota común del diario. Y no se hablaba de una crisis en la educación, como ahora.

 

HORRORES DE ORTOGRAFÍA

En casi 50 años dedicados a la docencia en licenciatura y posgrado, he podido observar que mis alumnos, con excepciones notables, no suelen ser capaces de redactar coherentemente un párrafo. Peor todavía, pues en los años recientes usan computadoras para escribir sus ensayos y tienen faltas de ortografía que, en teoría, les marcan los procesadores de texto más comunes (Word, por ejemplo).

Hace también muchos años, en una reunión con autoridades de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, participé en un debate sobre los idiomas que debían dominar los estudiantes de licenciatura como requisito para titularse. Recuerdo que dije que el español debería estar en primer término y mis colegas me miraron como si estuviera diciendo una insensatez. Alguien argumentó que el español era la lengua materna de los estudiantes y que el inglés o el francés eran muy importantes para su aprendizaje. Cosa que no puse ni pongo en duda. Aun así, logré que se impartieran, por breve tiempo, cursos de redacción en español, además de la enseñanza de otros idiomas. Tenía claro que la licenciatura no era el nivel de educación para aprender español, la lengua materna de los estudiantes, pero que había que ayudarlos, dado que arrastraban muchas carencias desde la primaria. Aclaro, antes de ser criticado, que yo también fui víctima de malos profesores, que nunca aprendí realmente gramática y que lo poco que sé de español lo he aprendido leyendo y escribiendo.

RODRIGUEZ ARAUJO

FAMILIA BURRÓN

No me sorprende, según otra nota en este diario, que el libro más vendido en la Feria del Palacio de Minería fuera La familia Burrón, de Gabriel Vargas. Obviamente yo leí también a Vargas y a otros moneros, como les llamamos ahora, pero al mismo tiempo, siendo niño, leí también a Salgari, Dumas, Zévaco y a algunos clásicos que mis maestros o mis padres me recomendaban. No había televisión, y cuando finalmente llegó a México su programación era tan mala que se ganó el título de la caja idiota –en la actualidad, debe decirse, muy mejorada y con muchas buenas opciones–. Por lo mismo, la tv no competía con la lectura, infinitamente más enriquecedora. En pocas palabras: antes leíamos más de lo que se lee ahora y gracias a ese ejercicio teníamos mayor capacidad de abstracción y de crítica que la televisión, por la fuerza de la imagen, inhibe en buena medida, sobre todo en noticias y en los sesgos de su programación normalmente mediocre, principalmente en la llamada televisión abierta.

Agréguense a la tv y la radio las computadoras e Internet, que casi nos resuelven todas las dudas que antes solucionábamos con la lectura de libros y artículos impresos, en casa o en las bibliotecas. ¿Cuántos libros se leen en promedio en México? ¿Cuántos mexicanos leen periódicos y revistas, y cuántos ven televisión o escuchan la radio como únicos medios de información y conocimiento? No son comparables. Los medios impresos están perdiendo la batalla y la consulta en la computadora, en la tablet y hasta en el celular (cada vez más versátil y poderoso) nos saca de apuros y nos hace, valga la expresión, más flojos, como diciéndonos ¿para qué saber tantas cosas si en segundos las puedo conocer consultando Google u otro motor de búsqueda?

Los jóvenes de ahora aprendieron a caminar casi al mismo tiempo que a usar las computadoras, saben manejarlas mejor que los viejos y les sacan provecho, sin duda. Pero no se han dado cuenta de la enajenación en que están cayendo y de la dependencia de que son víctimas. Y que conste que no me refiero a los que incluso dejan de dormir por estar jugando en Internet. Si se fuera la luz una semana o se cayera el sistema por un tiempo similar o mayor, millones de personas no sabrían qué hacer ni de día ni a la luz de una vela en la noche. ¿Leer un libro? ¡Qué flojera!, si acaso todavía hay libros en su casa.

Aclaro que no estoy en contra de las nuevas tecnologías. Al contrario, me provocan una enorme admiración, más que a los jóvenes, pues gracias a mi edad viví los tiempos en que los aviones sólo tenían hélices, la radio era nuestra compañera hasta para estudiar y para conectar un tocadiscos (con agujas que tenían que cambiarse después de cada disco). Otra cosa, ciertamente, pero gracias a esas vivencias es que sigo comprando libros, los leo o los consulto y hasta los escribo con la ilusión de que todavía tenga lectores.

¿A quién o a qué le echamos la culpa de los bajos niveles de conocimiento del idioma, tanto para comprender lo que leemos como para escribir? ¿A los profesores, a la televisión, a las computadoras y las nuevas tecnologías o a nosotros mismos por simple desinterés de comunicarnos con los demás apropiadamente y no en el cada vez más generalizado lenguaje abreviado de los WhatsApp, cuyos usuarios suman más de 10 por ciento de la población mundial?

Quizá debamos aceptar que en esta materia, como en otras, las cosas han cambiado, y así seguirán.

rodriguezaraujo.unam.mx